Javier M. Huberman

La TV y el adolescente

Articulo publicado en la revista Vida Feliz

Idealizada por muchos, atacada por otros, despierta amores y odios. A pesar de las diferentes opiniones, ninguno puede negar que la señora televisión reina en todas las casas. En un rincón del living, en el dormitorio o en la cocina, en todas las familias hay un miembro más.

Se le presta solemne atención durante las comidas, en la sobremesa; es la “cortina musical” mientras la madre prepara los alimentos o el chico estudia para un examen. Ningún padre responsable quiere ceder el espacio de la educación y formación de sus hijos a este maestro electrónico, pero la mayoría lo hace.

La televisión ofrece muchas cosas -información, entretenimiento, etc.-, pero hay una a la que jamás renuncia: Inculcar un determinado estilo de vida, en qué cosas creer, qué proyectar para el futuro. Forma la opinión pública y transmite determinados valores (¿valores?).

Los productores de TV argumentan que ellos no deciden acerca de la programación; “es el rating”, dicen. El control remoto del televidente define qué se emitirá, qué irá al aire. Pero, supuestamente, el público ve lo que le muestran. Entonces, ¿quién maneja la TV? El círculo es inevitable.

Pero una cosa podemos hacer: analizar qué ocurre con los televidentes, tanto adolescentes como adultos. Los programas del horario central (de 19 a 22) están dirigidos a la familia: Son historias de chicos, de adolescentes y de adultos. Cuando estos programas se convierten en un éxito, comienzan a tratar temas más profundos: pareja, sexualidad, anticoncepción, SIDA, amor, divorcio, relaciones familiares, etc.

Los adolescentes miran preferentemente este tipo de programas, que son los que influyen y modelan su mentalidad (en Argentina: Pelito, Clave de sol, Grande Pá, Son de diez, etc.), proponiendo valores y cierto estilo de vida. Generalmente, pensamos que la influencia de la escuela es más fuerte, que lo que aprenden allí es determinante en la formación de su carácter, pero no es así: Las investigaciones muestran que el impacto producido en la TV es mayor, tanto en la intensidad como en la duración.

El lenguaje de la televisión comienza a influirlos desde pequeños… con los dibujitos animados. Pensemos en los dibujitos de hace 30 o 40 años (Los picapiedras, todos los personajes de Walt Disney, el Conejo de la suerte, el Ratón Mickey, etc.). Sus mensajes están llenos de valores positivos: amistad, solidaridad, el triunfo inevitable del bien sobre el mal. Analicemos los dibujitos de nuestros días (Rambo, los Power Rangers, etc.): Competividad, supremacía, violencia, éxito. Esos son los “valores” que transmiten. Recordemos que la población que ve los dibujos son niños de 3 años en adelante, ávidos de modelos de vida, de referentes culturales que los orienten respecto de lo que la sociedad considera bueno o malo. (Además, hay otro factor determinante en el poder de la TV para formar mentalidades: Antes, debíamos esperar “la señal de ajuste”; el programa no venía cuando se nos antojaba. Hoy, mediante el Cable, tengo el programa a la distancia del deseo. Hoy, un niño mira TV no menos de 4 horas por día.)

Los adolescentes se “enganchan” mucho con la tele, porque los distrae, les muestra cosas del mundo, los acompaña en su soledad, que sienten como abandono.

Sienten que el lenguaje de la TV es su propio lenguaje; sin moverse del asiento, y a la misma velocidad de su volátil concentración, son transportados a los lugares más remotos del planeta.

Como padres y educadores, ¿debemos preocuparnos por la TV? Sin duda… la respuesta es No. Debemos preocuparnos por quienes la miran: los niños y los adolescentes. Prohibir la TV no da resultado. Vivimos en una sociedad televisiva. Lo que no aparece por TV no existe. Las mismas hinchadas de fútbol pregonan esta verdad cuando le dedican irónicamente el triunfo a algún personaje “que lo mira por TV”. Por lo tanto, a menos que nos separemos del mundo, debemos aprender a convivir con ese aparato.

Mi propuesta sería intentar dosificar la entrada de la señal al hogar; y, en la medida de lo posible, estar presente en cada programa que mira el chico, dialogar con él acerca del contenido e influir para que sólo absorba lo bueno, lo verdadero y lo justo.

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