La guerra de fuego
Articulo publicado en la revista Vida Feliz
Hace unos meses todos nos hemos conmovido ante los hechos de violencia que se están produciendo en las escuelas. Los medios de comunicación informaron que algunos chicos iban armados a sus colegios, que un grupo de muchachos atacaron y violaron a una chica y que un adolescente le pegó una tremenda paliza a una profesora, que fue internada en un hospital mientras el agresor era detenido por la Policía.
Mientras tanto, en los ambientes educativos, se discute acerca de la conveniencia de las amonestaciones: si deberían o no existir como herramienta disciplinaria. Por otra parte, se está reflexionando respecto de la función de la escuela en el sentido de si es conveniente conservar o expulsar del sistema a los alumnos conflictivos. Todo esto se plantea en el marco de una realidad en continuo cambio que a diario pone a prueba el propósito y las metas de la escuela.
Desde esta perspectiva, y ante el desafío que la realidad plantea a padres y educadores, nos preguntamos acerca de los factores que incrementan los sentimientos violentos en los seres humanos. Creo que podríamos coincidir si pensamos en la falta de amor, en la ausencia de un sentido en la vida, en la soledad, en la sensación continua de peligro y de amenazas, y en el hecho de que muchos jóvenes sólo avizoran oscuridad en su futuro.
El sistema comercialista nos ha puesto a los seres humanos dentro del sistema de convivencia como meros competidores. Nuestra cultura posmoderna se asemeja cada vez más a la cultura prehistórica. A propósito de esta última frase, recuerdo haber visto una película que me impactó mucho: La guerra del fuego. Mostraba cómo ciertas tribus del neolítico luchaban entre ellas para poseer el fuego y conservarlo. Sabían que el fuego les daba calor, que era imprescindible para cocinar y aun para defenderse de los animales, pero no sabían cómo producirlo. Sabían que era un producto de los rayos que caían del cielo, de la hierba seca y del viento, pero no sabían cómo originarlo. Por eso, la tribu que no poseía el fuego luchaba por él contra la que lo había conseguido y lo conservaba encendido. Era una guerra por la supervivencia, tan cruel y vital como comer, beber y protegerse de los animales. Conclusión: El hombre tiene grandes desventajas físicas para enfrentar los peligros y los desafíos que le plantea el medio ambiente. Por esa razón, sólo puede sobrevivir si se une y utiliza su inteligencia… y no justamente para destruirse.
Hace muchos años, ser un docente era un orgullo, un prestigio y a la vez un medio de vida. Los alumnos eran rebeldes, desobedientes, picaros, pero se vivía en un marco de respeto a ciertos valores infranqueables. El respeto no se enseñaba sólo en el aula, sino en el hogar, en el barrio, en la calle. Los adolescentes siempre fueron bromistas, siempre se divirtieron “haciéndoles pisar el palito” a los adultos, siempre fueron contestatarios; sin embargo, hoy las bromas se han vuelto violentas, el cuestionamiento se ha convertido en agresión, la comedia se ha vuelto drama.
Fuera de la escuela, en sus hogares y en el barrio, los adolescentes viven en un clima de tensión. Los roles familiares han cambiado: la mujer sale a trabajar porque el dinero no alcanza, por lo cual descuida a sus hijos; los padres acumulan frustración porque el dinero no alcanza a pesar de todo el esfuerzo realizado; los profesionales “manejan taxis”; y no hay trabajo ni para los que estudiaron, por lo cual los jóvenes no le ven sentido al estudio.
¿Qué puede hacer la escuela ante esta dura realidad? Pienso que debemos reunimos padres y docentes para pensar estrategias de trabajo en común, pero fundamentalmente debemos revalorizar la solidaridad, convertir el aula en un lugar “ético” donde los chicos no vean en el otro, incluido el adulto, al poseedor del fuego, al enemigo. La escuela debe estimular al alumno a trabajar por el prójimo. Para eso hay que planificar actividades alternativas. Hay que enseñar que el fuego se puede compartir. Juntos podemos acabar con la guerra del fuego… antes de que terminemos todos quemados.
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