El adolescente y sus cosas: El cuarto
Articulo publicado en la revista Vida Feliz
Una de las características de los adolescentes es que siempre se hacen sentir por su fuerte voz, por su velocidad cuando hacen la cosas, por su música, por los amigos, por las peleas, por su alegría. Una casa con adolescentes nunca es silenciosa. La actitud en este sentido es extrovertida; si nuestro(a) hijo(a) adolescente decide darnos la sorpresa de cocinar, veremos fuentes, cacerolas y utensilios por toda la cocina. Al volver del colegio, lo más posible es que encontremos sus carpetas sobre la mesa, el “abrigo” tirado en una silla, el resto de la manzana comida cerca del televisor, y entonces diremos con tranquilidad: “Volvió, ya está en casa”. Alrededor de los 15 o 16 años, los adolescentes comienzan a pa- sar mucho tiempo en su habitacion; es lo que los psicólogos llamamos “la hibernación”. La sensación que tenemos es que no saldrán nunca de su habitación. Pasan horas escuchando música. jugando con la computadora, hablando por teléfono, mirándose al espejo, escribiendo un diario. La razón de estar en su cuarto s que ellos lo sienten como su única propiedad privada. “Mi cuarto” es el lugar donde tienen sus derechos, donde se sienten seguros, donde tienen privacidad. Es el pequeño mundo donde no hay peligro de fracasos o de críticas. Donde se puede experimentar sentimientos de ira, de tristeza o de felicidad. El cuarto está adornado por las cosas que representan sus intereses: las fotos de sus ídolos, los afiches de sus músicos, el cuadro de fútbol, algún poema o frase como “Genio trabajando”, “Zona prohibida”, “No toque nada, este cuarto está bajo investigación científica respecto del desorden y la suciedad”, etc. El cuarto, de acuerdo a su estado de ánimo, puede estar ordenado o desordenado, puede estar vacío o lleno de personas. Al mirarlo detenidamente, uno puede saber cómo es ese adolescente, cuáles son sus intereses o sus ideales, qué siente y qué piensa. Muchas veces en el consultorio, los padres me preguntan si está bien dejarlos que pasen tanto tiempo en su habitación. Es difícil para los adultos entender la necesidad de la intimidad después de toda una vida en la que fuimos consultados por nuestros hijos. En los primeros años de vida los hijos piden todo de los padres: atención, acompañamiento, etc. Posiblemente, es común la sensación de que están todo el día encima de uno, que hay que atenderlos, alimentarlos, bañarlos, etc. Y un día, ya más grandes, comienzan los secretos, los amigos, el silencio, la distancia. El cuarto es parte de la experiencia de independencia. Es el lugar de la práctica de sí mismo. Podemos convertir nuestra impresión negativa sobre su habitación en algo positivo. Estimulemos que se hagan responsables de su decoración, de su orden y de su limpieza; permitamos, dentro del sentido común, que ellos asuman compromisos con sus cosas, que las cuiden, que las valoren. No realicemos juicios apresurados, y si algo no nos gusta, conversemos sobre su sentido, escuchemos atentamente la explicación que ellos dan a lo que hacen. Nuestro objetivo como padres es criar hijos capaces de hacerse responsables de sus actos, que puedan proyectar un futuro y construirlo. Podemos comenzar dentro de la casa con pequeñas cosas, y quizás el cuarto sea un buen comienzo.
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