Javier M. Huberman

Caminos mágicos

Articulo publicado en la revista Vida Feliz

Las drogas han existido desde los comienzos de la humanidad. Al principio se las utilizaba con fines religio¬sos o de carácter medicinal. El consumo era controlado por los brujos de las tribus o los ancianos.

Se consumía en ciertas circunstancias y en cantidades adecuadas para sus fines. No se buscaba placer sino un objetivo específico o trascendente.

Cuando aparecen el alcohol y el tabaco, los dos tóxicos más consumidos en la actualidad, el sentido cambia totalmente. Ahora se busca “pasarla bien”.

Es llamativo cómo la sociedad se preocupa por el uso de drogas ilegales, como la cocaína y la marihuana, cuando el cigarrillo y el alcohol han causado, y causan, tantos daños como el cáncer de pulmón, psicosis alcohólicas, pérdidas laborales, accidentes, trastornos familiares, etc.

Con el consumo masivo comienza el interés económico. Aumenta la demanda y rápidamente se introducen en las costumbres de la sociedad y se convierte en uno de los mejores negocios.

En la actualidad, el placer adquiere un valor absoluto: se lo busca, no importa a qué precio o en qué modo. En décadas pasadas, “el buen nombre” era un límite en el comportamiento social. La palabra comprometida, la confianza, era suficiente como garantía para una transacción comercial. Los abusos estaban mal vistos, al alcohólico se lo segregaba por “inmoral”. Costó tiempo y mucho esfuerzo presentar el alcoholismo como una enfermedad.

En la década de los años 60 nació un movimiento juvenil con el interés de cambiar la sociedad, un movimiento que anhelaba la paz; corrían los tiempos de la guerra de Vietnam. Con ideas acerca de un hombre más puro, espiritual, asociado a la naturaleza. Se llamó el movimiento hippie.

Fue una cultura de contestación y protesta contra las ¡deas reinantes, que proponía una manera diferente de vida, de música, de relaciones humanas.

Quienes participaron de esa cultura creyeron que las drogas eran una ayuda de liberación y de cercanía de estados místicos, dando lugar de esta forma a la entrada del consumo de marihuana y LSD (ácido lisérgico).

En ese movimiento juvenil las drogas tenían un sentido ideológico, supuestamente el mejoramiento del hombre y de la sociedad.

Pero lo que no previeron fue que con las drogas no se juega, y junto a los ideales caídos y el fracaso del hippismo, nació otra cultura: el movimiento Punk, para el cual el pesimismo y la falta de sentido dejaban a la droga como el único camino para salir de una sociedad “basura”.

Luego, a mediados de los años ochenta, asistimos al nacimiento de otro movimiento: el del “hombre ligth”, para quien no importa ni la ética ni los valores ni la sociedad, solamente el éxito personal, la fama, el dinero, el poder. Esta es la ventana para el crecimiento de la cocaína y de los psicofármacos, ya que son drogas que al comienzo, en los dos primeros años de su consumo, favorecen estas metas. Más actividad, más trabajo, más poder.

Como podemos ver, el abuso de drogas crece, se generaliza, especialmente en los jóvenes.

Una fiesta se mide por la cantidad de botellas que se consumieron: a más litros, más diversión.

Nadie se asombra si el amigo o el familiar toma sedantes o pastillas para dormir. Vivimos en una época con muchas tensiones.

Si las chicas de 15 o 16 años toman anfetaminas o pastillas para verse delgadas, a la sociedad le parece bastante lógico.

Si en el club o en el gimnasio los adolescentes toman anabólicos para mejorar el rendimiento deportivo, nadie se preocupa; es para competir más, tener éxito.

Vivimos en la cultura de la productividad, de los resultados… y de la pastillita.

La sociedad, y en especial los jóvenes, está confundida, ha perdido su rumbo. Se alejó de los valores esenciales. Los adolescentes crecen en este ambiente, no tienen en claro hacia dónde deben dirigirse, ni el sentido de las cosas.

Días pasados escuché una conversación entre dos chicos de 17 años: -¿Qué harías si te ganas la lotería? -preguntó uno de los jóvenes. -Yo no trabajaría ni estudiaría más, me dedicaría a la fiesta todo el día -respondió el otro.

Es una idea generalizada que el dinero soluciona todas las cosas, y que sólo trabajamos para ganarlo. En contraposición, hace más o menos un año vi por la televisión una entrevista a un matrimonio que ganó la lotería. Era gente de campo que vivía en un pueblo del interior. El periodista les preguntó qué iban a hacer con tanto dinero. La respuesta fue que comprarían un tractor nuevo y cambiarían el piso de la casa. Dos respuestas diferentes; dos actitudes distintas frente a la vida.

Si los jóvenes tienen en claro hacia dónde dirigir su mirada, cuáles son sus valores y objetivos, todo obstáculo será más fácil de superar.

Con la droga no se puede ni trabajar ni estudiar ni amar. Debemos ayudarlos a que vean la realidad, y a que aprendan que el verdadero camino del bienestar no tiene fórmulas mágicas.


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