Javier M. Huberman

A favor de la vida

Articulo publicado en la revista Vida Feliz

Por lo general, los adolescentes no piensan en la muerte. La mayoría de los jóvenes la sienten como algo lejano. Algo que le ocurre a las personas ancianas. La idea de la muerte se hace presente ante una enfermedad grave o el deceso de un amigo o conocido de su edad.

El 75% de las causas de muerte entre los jóvenes son los accidentes. Las razones de muerte más frecuentes son por episodios cerebro-vascular y por cáncer. Dentro de una franja de edad de 35 a 40 años.

Pero, ¿qué hace que los adolescentes sean capaces de tantos accidentes? Los dos mecanismos más comunes en la mente de un adolescente son la omnipotencia y la negación. El primero de los mecanismos es creer que todo se puede. El segundo, que nada va a pasar. La combinación de estos dos -más otros aspectos de la personalidad de los jóvenes: la competencia, la exigencia, la pasión, el riesgo, la aventura y la transgresión- los lleva a jugar con la velocidad de los autos o las motos, o a conducir alcoholizados. Estas características han incrementado en todo el mundo los deportes de alto riesgo, hasta convertirlos en moda: aladeltismo, saltar con una soga elástica atada a los pies desde los puentes, etc.

En la película Rebelde sin causa, filmada en los años 50 y protagonizada por James Dean, se muestra una escena donde un grupo de adolescentes juega a “la gallina”. Se trata de una carrera cuyo destino final es un precipicio. Gana aquel que logra tirarse último del auto. El primero que se arroja es un cobarde. El film muestra que a uno de los chicos se le engancha su campera, y no puede bajarse. El auto y su conductor caen al vacío. Ninguno lo puede creer. Se produce un silencio. Todos corren. Pasó lo que “no podía pasar”.

Todas las personas atravesamos por períodos de la vida cuando lo importante es ponernos a prueba. Ver de qué somos capaces. Pero esta sociedad moderna empuja más y más. No respeta la cordura de nadie.

El desafío para los adultos es parar esta carrera. Debemos entrenarnos en el diálogo con nuestros hijos. Tenemos que ayudarlos a mejorar su identidad. A mantener su autoestima alta, pero en el marco de los límites.

Es importante transmitir que nuestras conductas tienen consecuencias mediatas e inmediatas, aunque eso no se perciba fácilmente. Enseñarles el cuidado de sí mismos y de las otras personas. Que la valentía no es no tener miedos, sino aceptarlos como parte de nuestra vida.

Para que los jóvenes se conviertan en adultos, entre otras cosas, es necesario que sepan contener los impulsos, reemplazándolos por la reflexión. Pensar que no se puede todo; es decir, que somos humanos. Que nuestros actos tienen consecuencias. Sólo respetando la vida, no tendremos que lamentar tantos accidentes innecesarios. Comencemos ahora, porque quizá, después, sea demasiado tarde.

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